Por: Dilexi Dayana Pushaina Epinayu
Escuela de Comunicación “Jayariyú Farias Montiel”
Madrid, Cundinamarca. Entre el frío que abriga las montañas y los campos donde el sol pinta de oro los girasoles, Mariana González, una joven wayuu de Uribia, teje con esfuerzo y valentía una historia de superación lejos de su territorio ancestral.
En la finca Altamira, donde los pétalos danzan con el viento, Mariana se abre paso en un trabajo exigente, rodeada de mujeres y hombres de distintos rincones de Colombia y Venezuela. Bajo el calor tenue del mediodía, su figura firme y serena refleja una determinación que nace de sus raíces.
Oriunda de la comunidad wayuu, hija de Luz Marina Larrada y Ramiro González, Mariana se graduó en 2017 del Internado Indígena San José de Uribia. Su camino la llevó primero a Cali, donde vivió un año y medio como misionera laica con las Hermanitas de la Providencia. Allí inició estudios de teología en la Universidad del Valle, pero su deseo de volver a su tierra la impulsó a retornar y completar un técnico en administración de empresas.
Como muchas mujeres wayuu, Mariana heredó desde niña el arte de la tejeduría. Con hilos de colores convirtió su conocimiento en sustento. Mochilas, trenzas y tejidos no solo eran fuente de ingresos, sino expresión de su identidad y espiritualidad. Pero el sustento no bastaba. El horizonte económico se estrechaba, y el sueño de una mejor vida para sus padres la empujó a salir.
Fue el 30 de abril de 2022 cuando Mariana emprendió su viaje a Madrid, Cundinamarca. Una amiga la recibió y le ofreció un lugar donde comenzar. Durante las primeras semanas durmió en el suelo frío, sin muebles, limitada por las reglas del conjunto residencial. Las largas jornadas laborales y las noches sin descanso templaron su espíritu. Pero no se rindió.
Con el tiempo, el esfuerzo rindió frutos. Consiguió estabilidad, un empleo digno y la posibilidad de enviar apoyo a sus padres, su principal motivación. Aunque la rutina es dura, Mariana agradece la oportunidad que hoy le permite avanzar hacia sus metas. Sin embargo, la nostalgia por su tierra sigue viva. Extraña los atardeceres en su ranchería, el calor familiar, y el viento libre de la Alta Guajira.
Hoy, mientras sigue contando flores y esperanzas, Mariana sueña con culminar sus estudios y convertirse en profesional. No solo por ella, sino por su comunidad.
“Siempre es mejor arriesgarse por lo que queremos, que quedarse con las ganas de realizarlo”, afirma con una convicción que nace desde lo profundo de su historia.
Mariana González sigue caminando, entre girasoles, entre memorias, entre sueños. Con los pies en la tierra y el corazón en la Guajira, su historia es un testimonio del coraje de muchas mujeres wayuu que, lejos de rendirse, florecen.
