Por: Johan Enrique Peralta Gómez – Abogado
En medio de la agitación diaria de Riohacha, entre el ruido de las motos, el sol ardiente que cae sobre la plaza Padilla y las voces de vendedores que luchan por llevar el sustento a casa, hay una realidad que no podemos seguir ignorando: los pequeños comerciantes de esta ciudad están resistiendo solos, sin un Estado que les tienda la mano.
Y no se trata solo de cifras, de leyes incumplidas o de discursos vacíos en el Concejo. Se trata de personas. Se trata de madres cabeza de hogar que montaron una tienda en su garaje, jóvenes que decidieron emprender porque no encontraron empleo, familias enteras que viven del rebusque. A todos ellos, la administración municipal parece no verlos. O peor aún, los ve como un estorbo.
La ausencia de una política pública seria, integral, que les dé un empujón en vez de ponerles más trabas, no solo impide su crecimiento económico. También los condena a la informalidad, al endeudamiento y al desgaste. Es como si Riohacha hubiera decidido caminar de espaldas al desarrollo.
Hoy por hoy, no hay programas municipales de formación empresarial, no hay incentivos reales para la formalización, ni crédito accesible. La ley existe, claro —ahí está la Ley 1551 de 2012 y la propia Constitución—, pero el problema es que no baja al territorio, no se siente en la calle, no transforma la vida de quienes más lo necesitan. ¿De qué sirve una norma si el gobierno local no se compromete con ella?
Lo más preocupante es que este vacío institucional tiene consecuencias que van más allá de lo económico. La falta de oportunidades alimenta la desesperanza, y la desesperanza abre la puerta a la violencia. Un joven que no encuentra trabajo probablemente terminará en una esquina que no lo llevará a ningún buen lugar. Una ciudad que no cuida su economía local está, sin saberlo, construyendo el terreno perfecto para la inseguridad.
¿No debería Riohacha, como capital del departamento, ser ejemplo de dinamismo, inclusión y respaldo al emprendimiento? ¿No es acaso el trabajo digno uno de los derechos fundamentales consagrados en nuestra Constitución?
El llamado no es al asistencialismo. Es al compromiso. Al diseño de una política económica y social que crea en el talento de su gente, que apueste por los mercados locales, por las ferias artesanales, por las tiendas de barrio y los negocios familiares. Que deje de mirar al pequeño comerciante como una carga, y lo vea como lo que realmente es: un motor que puede reactivar esta ciudad desde sus entrañas.
Riohacha no puede seguir siendo un municipio que castiga al que intenta progresar. Necesitamos con urgencia una estrategia articulada, con metas claras y voluntad real, para que nuestros comerciantes no sean sobrevivientes, sino protagonistas del desarrollo. Porque sin ellos, no hay economía local que aguante.
Y porque al final del día, el crecimiento de Riohacha no depende de megaproyectos lejanos, sino del empuje cotidiano de su gente. Esa que aún cree que esta ciudad puede cambiar, si se le da la oportunidad de hacerlo.
