Nazareth en la Alta Guajira clama justicia a un mes del crimen de Yulberth Fernández

Con pasos firmes, rostros llenos de dolor y pancartas con mensajes de clamor, familiares, amigos y vecinos de Yulberth Fernández Barbosa marcharon este domingo 3 de agosto por las polvorientas calles del corregimiento de Nazareth, al cumplirse un mes de su muerte en confusos hechos frente a la estación de Policía local.

La caminata, cargada de tristeza y esperanza, terminó justamente allí, frente a la institución que, según denuncian sus familiares, fue protagonista del hecho que segó la vida del joven de 28 años. Entre oraciones, llanto y exigencias, su padre, el señor Luis Emiro Fernández Barrios, alzó la voz con dignidad y profunda tristeza: “Lo único que pedimos como familia es justicia. A un mes de su muerte, los policías implicados siguen activos, no han sido capturados, ni separados del cargo mientras se investiga lo ocurrido”.

El trágico suceso tuvo lugar el pasado 4 de julio. Yulberth, reconocido en la comunidad por su compromiso como conductor de la ambulancia de la ESE Hospital de Nazareth, se movilizaba en un vehículo Toyota cuando, según versiones aún no confirmadas, fue atacado a tiros por uniformados tras derrapar cerca de la estación. Horas antes, un ataque armado contra esa misma sede policial habría generado tensión y nerviosismo entre los agentes.

El vehículo en el que viajaba Fernández Barbosa —y que hoy permanece bajo custodia policial— fue impactado por varios proyectiles. En el hecho también resultaron heridos dos de sus hermanos, uno de los cuales permanece hospitalizado en Barranquilla, mientras que el otro atraviesa una profunda crisis emocional.

La muerte de Yulberth no solo desató una profunda tristeza, sino también una ola de indignación que llevó a la comunidad a incendiar la estación de Policía horas después del hecho. Desde entonces, el silencio institucional ha sido otra herida que sangra.

“El dolor no se va. No solo perdí a mi hijo, tengo otro en una clínica y otro con secuelas emocionales. Mi familia está destruida. Y aún esperamos respuestas, justicia, y respeto por la vida”, agregó el padre, visiblemente afectado.

Yulberth no era cualquier joven. Era un hombre amable, servicial, siempre dispuesto a salir en emergencias, sin importar la hora ni el clima. Era el que conducía la ambulancia cuando nadie más se atrevía, el que entendía que salvar una vida en la Alta Guajira era una carrera contra el tiempo y contra el olvido.

Hoy, su compañera sentimental vive con el peso de los sueños truncados, y una comunidad entera se pregunta si todavía se puede confiar en quienes están llamados a proteger.

A un mes del hecho, no hay respuestas claras, ni avances judiciales visibles. Solo queda el eco de una oración frente a una estación marcada por el fuego, y el clamor de un pueblo que no se resigna al silencio.