Por: Eduardo Castro / Director Reforma Informativa
En Riohacha, una ciudad que tantas veces ha aprendido a vivir entre promesas incumplidas y silencios cómodos, no es común encontrar voces que se mantengan firmes frente al poder. Por eso resulta imposible ignorar la historia de Ronald Fabián Gómez y Yeiner Osorio Ariza, dos líderes que, contra la corriente, han decidido no callar.
Desde hace más de seis años, su caminar por calles polvorientas, barrios olvidados y veredas apartadas ha sido constante. No llegaron a la política desde escritorios alfombrados ni desde cargos heredados; llegaron desde la esquina, la reunión comunitaria, la asamblea barrial. Su movimiento, La Voz del Pueblo, nació allí, en el corazón de las necesidades reales, con un compromiso que no se compra ni se improvisa.
He seguido de cerca sus acciones: denuncias públicas, veedurías ciudadanas, acompañamiento a familias que sienten que las instituciones les han cerrado las puertas. No son perfectos —nadie que lidere lo es—, pero han sido coherentes. Se han ganado la incomodidad de más de un dirigente por exigir transparencia y la confianza de quienes, por fin, sienten que alguien los escucha sin pedir nada a cambio.
En un departamento donde la política suele medirse en favores y calendarios electorales, La Voz del Pueblo ha intentado sostener otro discurso: el de la política por convicción. Una frase que, dicho sea de paso, suena romántica hasta que uno ve lo que implica sostenerla en la práctica: enfrentar retaliaciones, soportar señalamientos, trabajar con recursos limitados y, aun así, seguir recorriendo los mismos barrios, saludando a la misma gente, escuchando los mismos problemas que llevan años sin respuesta.
Quizá por eso su mensaje cala. Porque no es impostado ni de ocasión. Porque en cada intervención no hablan solo ellos, habla la frustración acumulada de una ciudadanía cansada de que le roben la esperanza. Habla la madre que espera una cita médica para su hijo, el joven que busca empleo, el pescador que mira un mar cada vez más difícil para trabajar.
No sé si La Voz del Pueblo logrará algún día ocupar los puestos donde se toman las decisiones. Pero sí tengo claro que ya ocupan un lugar importante en el imaginario de Riohacha: el de recordarnos que la democracia se alimenta de voces que incomodan, que preguntan, que fiscalizan, que defienden.
En tiempos donde el silencio es cómplice, toda voz que se atreva a denunciar y proponer merece ser escuchada. Y esa, al menos para mí, es una causa que vale la pena defender.
